Con su oz arreaba al jazzista, quien decidido marchó a su piedad entre cigarrillos y cerveza tibia. Sus complementos: do´s y fa´s, armados, descompuestos, habían terminado por hartar a su muerte. Ahora sollozante iba el hombre convertido en saxófono camino a la eternidad con sus dedos adheridos a los pistones y su fiel gato tuerto que lo acompañaba a donde fuera; había sido la promesa, el pacto entre callejones y soledades. «Yo no cargaré con ésta bola de pelos» repetía la muerte. El saxófono comenzaba a quedarse sin notas, ni un aliento, su muerte era pronta. Y así iba: do, do, fa... y, re, fa, re, do... suspiro y pausa no tan pausada, si, do, re... una vez más, si, do, re... si, do, si, do... do...; se silenció. El gatito cerró su único ojo, se acurrucó junto a una piedrita en el camino blanco. La muerte le miró, con su oz volvió a arrearlo. «Ya se fue tu gato». El saxófono no tocó nada como respuesta. Tras horas de tinieblas y laberintos, la muerte no podía olvidar aquella melodía...
Despertó, miró a su alrededor, cayendo en cuenta de que todo había sido un maldoso sueño, salió del bar hediondo hasta la calle Domínguez, recogió a su gato tuerto que lo esperaba siempre en la entrada. Se encontró a la vida en la esquina y le confesó que se había quedado dormida. «¿Tú? ¿Y qué soñaste?» le preguntó la vida. «Por absurdo que parezca, soñé que moría» respondió la muerte a acariciando a su gato por el lomo.
Por: Qüina de espadas
Aunque sabemos la intención, el error, y por supuesto la alevosía de este relato, te felicito por lo que has llegado a lograr con ésta narrativa. Cuídate mucho...
ResponderEliminarCuatro de Trébol